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antonio aliberti, por gabriel impaglione

Antonio Aliberti

Estar en el Mundo

Por Gabriel Impaglione

 

El poeta se acuesta

siempre

con el fuego.

Anda

con las chispas

a todas partes.

                             A.A.

 

Durante algunos años, a principios de los ochenta, viví a metros de la Iglesia San Antonio de Padua, Oeste de Buenos Aires. Este simple dato geográfico, sin importancia, claro, adquiere en mi memoria una dimensión imborrable. Bastaba dar media vuelta a manzana, pasar por la peluquería de Antonio, comprobar que la tarde se ofrecía mansa para el poeta, y entrar a charlar de pequeñas cosas.

Llevaba a veces algunas cuartillas que el Maestro leía con generosa atención. Entre espejos, conciertos de Radio Municipal y el humo de los cigarrillos descubrí los universos de Ungaretti, Pavese y Quasimodo, el suplemento cultural del diario El Tiempo, de Azul, sus escritos en Pájaro de Fuego y tantas otras publicaciones.

A veces me regalaba un saludo, una frase en italiano, también la lengua de mi abuelo Humberto. Y sin que la poesía salga del local, entraba un cliente y de pronto los grillos de las tijeras acompañaban mis lecturas de Zum Zum, aquel plegable donde editaba poetas de "aquí y allá" en ambos idiomas... italianos en español y viceversa. Qué trabajo maravilloso el del poeta constructor! Estableciendo puentes que unieron una y otra vez la inmensa distancia que a él tanto le dolía. La de su Sicilia natal.

 

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Yo nunca había visto nada.

Algunas cosas me miraban

como a uno en la muchedumbre,

y al mismo instante

me olvidaban

por otro transeunte.

                                                    A.A.

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Publica "Poemas" en el 72 y en 1973 "El hombre y su cáliz". Un año más tarde "Tráfico" y en el 75 "Ceremonia Íntima. Tras esos duros momentos para el país hace un impasse para editar en 1978 "Cuestión de piel" y un año más tarde "Estar en el mundo". Deja atrás su primera década como poeta édito, fructíferamente. Escribe en diversas publicaciones de primer nivel y colabora en Clarín, La Razón y La Prensa. Zum Zum es una realidad que edita con sacrificios. En 1981 aparece "Mareas del Tiempo" y en  83 "Lejanas Hogueras"en edición bilingüe. Luego vendrían "Lïmites posibles"(83), "Cuartos Contiguos"(86) y "Todos recordaron a Casandra" 1987, con el que obtuvo el Primer Premio Único de la Ciudad de Buenos Aires. En el 91 aparece "Antología Breve" y "Delicado equilibrio" y hacia final de año "Apuntes de veinte años". Numeros ensayos, traduccciones, charlas, conferencias, seminarios, dictado de talleres literarios y notas especiales para diarios y revistas, conforman un universo rico y particularmente apasionado de su obra.

 

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Cuídame esta locura

que tengo

por todo lo que no veo.

Amaba ya a nuestros hijos

sin conocerlos.

                                       A.A.

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Ya en los noventa las cosas le fueron difíciles. Los poco originales problemas económicos en el poeta, la indiferencia de muchos quienes se beneficiaron con su trabajo, incluyendo el mismo Estado argentino y los organismos de cultura italianos, que no alcanzaron a ver la dimensión de su trabajo de nexo entre ambas culturas.

Alguna vez charlamos de esa indiferencia. De la escasísima importancia que los representantes del pueblo brindan a los trabajadores de la cultura, a sus poetas, intelectuales, artistas. De los esfuerzos para editar, para hacer circular los libros, para hacer posible un trabajo que está más allá de los nombres y apellidos y significa simplemente la esencia del hombre libre y su futuro cotidiano.

Aunque dirigió durante varios años el Grupo Roberto Arlt, hasta que dejó de funcionar, diluído en alejamientos definitivos o temporales de sus miembros, se mantuvo al margen de modas, escuelas y corrientes.

 

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Nació en Barcellona Pozzo di Gotto, Messina, Sicilia,

el 15 de diciembre de 1938. Llegó a Argentina en 1951

y en 1984 se nacionalizó argentino.

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Alguna vez tuvimos una extensa charla sobre la poesía de barricada, forma que eludió aún en momentos donde la moda setentista marcaba claramente la tendencia repetida como los buenos días entre los poetas de su generación.

Él utilizó el tono trágico de su poética y el sarcasmo, la ironía, para decir tantas cosas oportunas, que una lectura de su obra ofrece un sustancioso compendio de nuestra historia reciente.

Hace algunos años, el poeta y periodista Agustín Gribodo, con quien compartimos una amistad de muchos años, publicó "El llanto de Aquiles", aproximación a la poética de Antonio Aliberti, en donde gracias a la generosidad del Poeta, incluyó "La mujer que llegó al amanecer", obra inédita hasta ese momento, injustamente. Se trata de la edición de Le Ma, del 93, que debe encontrarse agotada.

Ignoro donde puede ubicarse obra de Aliberti. Ediciones Correo Latino publicó en el 91 "Apuntes de Veinte años" la antología más importante sobre el autor, con comentarios de Carlos Débole, Joaquín Gianuzzi, Luis Benitez y María Rosa Lojo.

Hace un tiempo, ya lejos de Padua, la ciudad del poeta, alguien me comentó la muerte de Antonio. Un dato inadvertido en tantos de los medios con quienes él colaboró. Y entonces me dolió su muerte y el  sacrificio de sostener desafíos del canto vivo, a pesar del salitre de la indiferencia.

Los que le cerraron las puertas porque pensaba y compartía lecturas de autores demasiado dignos para la calaña de sus oficinas habrán aprovechado los funerales para hacer marketing sobre la preocupación oficial en la cultura. Supongo también que fue despedido como se merecía. Porque semejante poeta no pudo haber hecho su último camino en soledad. Pero esto ya no importa. Es un dato de la Argentina que él no quiso nunca.

Atesoro sus libros, con breves dedicatorias, llenos de miradas compartidas, de su ternura entre tijeras, o con el té de las cinco en punto servido en el pequeño escritorio que se abría tras la cortina contigua a su peluquería. Allí una Olivetti celeste, creo, un estante que se caía de libros, revistas y papeles, y las dos galletitas de agua que a veces repartía ceremoniosamente.

A veces se interesaba en mis imágenes y desataba una furia de preguntas que terminaban en una sonrisa y un cigarrillo. Y el "después nos vemos" que se ha tomado una pausa mientras gasto zapatos y recuerdos.

 

Saludo al amigo

A Roberto Santoro

 

No es que a veces me olvide,

sólo que hoy te recuerdo más,

y no resisto a la vieja costumbre de saludarte;

decirte por ejemplo que aquí estoy,

con mis castillos de arena intactos

(cuando sopla fuerte el viento, uno sopla más);

con dos hijos que crecen como el abrazo

que guardo en el pecho desde aquel día;

que nadie ha borrado tu nombre

y sigue habiendo una silla

con las formas de tu cuerpo y tu calor.

(Si alguien dijera que no estás, ¿ qué probaría?

Puede más tu voz, como una herida que no tiene cura).

           Para cuando vuelvas

-en un cuarto del mundo-

se encenderá otra vez la mesa

para reanudar la charla que dejamos inconclusa:

ambos nos miraremos desde ventanas abiertas.

No falta mucho: al irte, no dijiste adiós.

 

(de Mareas del tiempo, 1981)

N/A: Roberto Santoro fue desaparecido por la dictadura militar.

Por lobitogabriel - 7 de Abril, 2006, 15:18, Categoría: memorias
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